viernes 27 de noviembre de 2009

El nuevo Evangelio del hombre 4.

Hay que meditar sólo en el Ser, pues todo lo demás está unificado en Él. A través de todos los seres debería descubrirse el Ser tal como se puede coger un animal, siguiendo sus huellas. Porque a través de todo se conoce Aquello. El que lo conoce de esta manera alcanza dignidad y reconocimiento ante los demás[1].
El Ser es más querido que un hijo, más querido que la riqueza, más querido que cualquier otra cosa, es lo más íntimo. Se podría decir a quien tuviera alguna cosa por más que el Ser. Eso que quieres morirá. Se debería meditar sólo en el Ser como lo amado. Para aquel que medita sólo en el Ser como lo amado las demás cosas queridas no son mortales[2].
No obstante, Es importante llegar a comprender que la tenencia del Ser como lo más íntimo no supone, de ninguna de las maneras, la renuncia a la propia voluntad, sino que es al contrario. Todos formamos parte del Ser, por lo que el camino hacia la realización del Ser es la realización particular de las personas y las cosas que lo forman, no la destrucción sistemática de las piezas para obsequiar a vagos y maleantes con regalos que ni siquiera merecen, porque no son capaces de entender el camino hacia el Ser.
El hombre, pues, es el camino de la perfección, que supone la autorealización de la personalidad hasta el mayor nivel de perfección posible, sin limitar el camino como consecuencia de reglas irracionales impuestas por peronas que, colocadas en posición de poder religioso o moral, exigen a ciertos hombres sacrificios irreconciliables con el camino mismo de la perfección, para llevar a los que ni siquiera pretenden buscar el Ser a un paso más cómodo.
Lo que sucede entonces es que le hombre no cree en el Ser porque no cree en si mismo, porque ha perdido la fe en su propia esperanza, dado que su esperanza está en manos de unas personas que determinan su voluntad sin contar con su consentimiento y que acaban incumpliendo las verdaderas obligaciones que tienen entregando a los hombres menos nobles y menos preparados todas las oportunidades sobre los que, al final, deberían ser la base del camino.

[1] Contrastado en el Brihadäranyaka Upanisad, Madhu-Kanda, Madrid 2002, pág. 82.

[2] Contrastado en el Brihadäranyaka Upanisad, Madhu-Kanda, Madrid 2002, pág. 64.

lunes 23 de noviembre de 2009

El nuevo Evangelio del hombre 3.

La energía vital es en efecto la esencia de los miembros. Es su esencia porque cuando la energía vital abandona un miembro, éste se marchita. Por lo tanto, es claramente la esencia de los miembros[1].
Debemos comprender con toda claridad que nuestra esencia interior es energía, llamada vital, espiritual o simplemente alma. Esa energía es la que mueve nuestros pensamientos hacia los lugares donde queremos que vayan, la que decide el moment y el lugar de nacer o de morir, de reencarnar en otro cuerpo o perderse en el infinito de los tiempos sin sentido.
Mientras seamos parte de la energía, y la energía sea parte nuestra, estaremos atados al mundo, hasta que sólo seamos energía, perdiendo todo contacto con la realidad terrestre, lo que nos convertirá en una parte infinita del Ser que creó al creador, que venció todos los males porque ni siquiera existían cuando Él ya existía.
La verdad del camino se encuentra, pues, en comprender que la esencia del hombre es la energía que le convierte en humano, y que su esencia debe destilarse hasta alcanzar las mayores cotas de autonomía e independencia con el cuerpo, porque el cuerpo no es sino la cárcel del alma, el lugar donde se encierra nuestra esencia hasta que está preparada para entregarse al Creador.
No discutimos, pues, que existe creador, porque todo tiene origen y final, lo que discutimos es que el creador nos haya puesto unas reglas tan absurdas que convierta a los hombres en esclavos de los otros hombres a través de palabras tan absurdas como el altruismo, que coloca al luchador en una posición inferior en todo momento al que ni siquiera pretende cambiar su vida para dar una mejor situación a su existencia o a la de los suyos, para conseguir que estos puedan caminar con mayor celeridad al lugar común que todos merecemos de verdad.

[1] Brihadäranyaka Upanisad, Madhu-Kanda.

miércoles 18 de noviembre de 2009

El nuevo Evangelio del hombre 2.

Debemos comprender que para la trascendencia de nuestro espíritu, para conseguir los objetivos que nos proponemos es esencial olvidar lo que hemos sido y lo que somos, es imprescindible comprender que los conceptos como el bien y el mal son relativos a una sociedad y momento concreto, y ver la perspectiva de nuestro viaje de una forma más completa, desde el exterior, sin mirar atrás.
Seremos científicos que estudian la propia evolución, sin tomar en consideración las limitaciones más específicas, a no ser que el perjuicio de evitar la limitación sea mayor que el beneficio mismo de no asumirla, pues siempre debemos movernos sobre el concepto mismo de beneficio y perjuicio propio.

El Señor de la Luz define su existencia y su presencia de la siguiente forma:
“Yo soy el espíritu del tiempo, destructor del Universo, poseedor de enorme estatura para destruir los pueblos” [1].
Todos los elementos de la existencia son impermanentes, aquel que discierne esto sabiamente, siente aversión hacia todo estado de dolor. Éste es el Sendero de la Pureza[2].
Ni los hijos, ni un padre, ni pariente alguno son un refugio para aquel que es sorprendido por la muerte[3].

[1] Bhagavad-Gita, el canto del bienaventurado, Madrid 2004, pág. 89.

[2] Dhammapada, Maggavagga.

[3] Dhammapada, Maggavagga.

viernes 13 de noviembre de 2009

El nuevo Evangelio del Hombre

¿Qué importa con qué medios cada cual busca la verdad? No puede llegarse al conocimiento de la sabiduría por un solo camino[1].
Haz lo que quieras debe ser la única Ley[2].
El Ser supremo, que para las demás criaturas es una noche, para el sabio que ha dominado sus sentidos es un claro día; la vida de dualidades que representa para las criaturas el día es una noche para el Sabio iluminado[3].
Lo que hasta ahora hemos aprendido es una simple mentira, el Señor de la Luz no es oscuridad, es verdad, es sinceridad, es poder. Todo aquél que busca la sabiduría debe seguir el camino marcado por el Señor de la Luz, y abandonar las mentiras que nos han metido en el cerebro durante años.
Deja partir tu cuerpo y tu alma para que se fundan con la naturaleza. Dejar partir empieza con atravesar la ilusión de las formas externas y de las convenciones sociales. Quienes no están apegados a los asuntos terrenales del mundo no se verán afectados por la presión social, las emociones y el deseo. Conocen la vía del cielo y no están atados por las ideas de bueno y malo, correcto o equivocado, belleza y fealdad[4].

[1] SIMACO, Relatio, III, 10.

[2] A. CROWLEY, El Libro de la Ley, Madrid 2001,Valdemar, pág. 141 ss.

[3] Bhagavad-Gita, El canto del bienaventurado, Madrid 2004, pág. 35.

[4] LIE TSE, Lie Tse, El emperador amarillo.

viernes 6 de noviembre de 2009

Nuevo Génesis XIV.

9.1. Entonces vino el gran ángel para preparar por medio de las vírgenes de la generación corrompida de su eón en una Palabra engendrada[1], vaso santo, a través del Espíritu santo, la semilla del gran Set[2].
Él que se movió tenía la esperanza y la esperanza de lo que es elevado. Por una parte se separó de los de la sombra absolutamente, puesto que están contra Él y para nada le son obedientes[3].

[1] Logogenés.

[2] Evangelio de los egipcios, IV, 71,11-18.
[3] Contrastado con el Tratado Tripartito.

viernes 30 de octubre de 2009

Nuevo Génesis XIII.

Cuando el Señor y creador de todas las cosas, que con buen juicio llamamos Dios, hizo al dios visible y sensible[1]. Se llama sensible a este segundo dios no porque esté dotado de sensación, sino porque es perceptible por la vista. Cuando Dios produjo este ser, que es lo primero que extrajo de sí mismo, el segundo después de él, tras ver que era bueno, pues estaba colmado de la bondad de todos los seres, lo amó como al hijo de su divinidad. Después, en tato que Dios bueno y todopoderoso, quiso que existiera otro ser que pudiera contemplar a aquél que había extraído de sí mismo, creó inmediatamente al hombre, que debía imitar su razón y su diligencia. Pues en Dios, la voluntad es el cumplimiento mismo del acto, ya que querer y cumplir son cosas realizadas por él en el mismo instante. Así pues, tras haber creado al hombre esencial y después de ver que este hombre no podía cuidarse de todas las cosas sin cubrirlo de una envoltura material, le concedió un cuerpo como morada, y prescribió que todos los hombres estuviesen compuestos de ambas naturalezas, en una fusión y mezcla únicas, en la proporción adecuada. Así formó al hombre con la naturaleza del espíritu y la del cuerpo, es decir, con la eterna y con la mortal, para que el viviente formado de este modo pudiese satisfacer su doble origen, admirar y adorar las cosas celestes y cuidad y gobernar las cosas terrestres[2].
El Señor y Demiurgo de todos los cuerpos eternos los creó de una vez por todas, no volvió ni vuelve a crearlos. En efecto, Los liberó y unió los unos a los otros, les dejó seguir su curso, sin necesidad de nada, pues son eternos. Si tienen alguna necesidad es tan sólo necesitarse el uno al otro, pero no necesitan de nada externo, ya que son inmortales, y fue realmente necesario que los seres producidos por ese Demiurgo fuesen dotados de naturaleza inmortal[3].

[1] Ver El libro de los veinticuatro filósofos, donde se define a Dios como “una mónada que engendra una mónada, y refleja en sí mismo una sola llama de amor”.
[2] Dato contrastado en el Corpus Herméticus. Libro II. Asclepios. De Hermes Trismegisto (libro sagrado dedicado a Asclepios.
[3] Dato contrastado en el Corpus Herméticus. Libro III. Fragmentos de Stobeo. Tratado V.

martes 27 de octubre de 2009

Nuevo Génesis XII.

7.1. Y tuvo otro hijo Jacob, llamado Neftalí, que puesto que era ligero de pies como un ciervo, era utilizado por su padre para portar las noticias y los mensajes. También le bendijo como a un ciervo[1].

8.1. Los reyes de los reyes llenaron el pueblo de Israel de verdades y de mentiras. Y lamento Salomón[2]:
“Clamé al Señor en mi angustia extremada,
a Dios cuando me asaltaron los pecadores.
De repente oí fragor de guerra ante mí.
Pensaba en mi corazón que era justo de verdad,
porque me veía floreciente y rico en mis hijos.
Su riqueza se repartía por toda la tierra,
Y su gloria hasta los confines de la tierra.
Se elevaron hasta los astros;
Dijeron; No caeremos.
Rodeados de riquezas se comportaron arrogantemente,
y nada soportaron.
Pecaban a escondidas,
pero yo no lo sabía.
Sus iniquidades superaban las de los gentiles que les precedieron,
profanaron repetidamente el santuario del Señor”.
“Henchido de orgullo, el pecador derribó con su ariete los sólidos muros,
y Tú no lo has impedido.
Subieron a tu altar pueblos extranjeros,
lo pisotearon orgullosamente con sus sandalias.
Porque los hijos de Jerusalén han mancillado el culto del Señor,
profanando con sus impurezas las ofrendas a la divinidad”.

[1] Contrastado con el Testamento de Neftalí, Apócrifos del Antiguo Testamento.

[2] Dato contrastado en los Salmos de Salomón, Apócrifos del Antiguo Testamento.