Hay que meditar sólo en el Ser, pues todo lo demás está unificado en Él. A través de todos los seres debería descubrirse el Ser tal como se puede coger un animal, siguiendo sus huellas. Porque a través de todo se conoce Aquello. El que lo conoce de esta manera alcanza dignidad y reconocimiento ante los demás[1].
El Ser es más querido que un hijo, más querido que la riqueza, más querido que cualquier otra cosa, es lo más íntimo. Se podría decir a quien tuviera alguna cosa por más que el Ser. Eso que quieres morirá. Se debería meditar sólo en el Ser como lo amado. Para aquel que medita sólo en el Ser como lo amado las demás cosas queridas no son mortales[2].
No obstante, Es importante llegar a comprender que la tenencia del Ser como lo más íntimo no supone, de ninguna de las maneras, la renuncia a la propia voluntad, sino que es al contrario. Todos formamos parte del Ser, por lo que el camino hacia la realización del Ser es la realización particular de las personas y las cosas que lo forman, no la destrucción sistemática de las piezas para obsequiar a vagos y maleantes con regalos que ni siquiera merecen, porque no son capaces de entender el camino hacia el Ser.
El hombre, pues, es el camino de la perfección, que supone la autorealización de la personalidad hasta el mayor nivel de perfección posible, sin limitar el camino como consecuencia de reglas irracionales impuestas por peronas que, colocadas en posición de poder religioso o moral, exigen a ciertos hombres sacrificios irreconciliables con el camino mismo de la perfección, para llevar a los que ni siquiera pretenden buscar el Ser a un paso más cómodo.
Lo que sucede entonces es que le hombre no cree en el Ser porque no cree en si mismo, porque ha perdido la fe en su propia esperanza, dado que su esperanza está en manos de unas personas que determinan su voluntad sin contar con su consentimiento y que acaban incumpliendo las verdaderas obligaciones que tienen entregando a los hombres menos nobles y menos preparados todas las oportunidades sobre los que, al final, deberían ser la base del camino.
El Ser es más querido que un hijo, más querido que la riqueza, más querido que cualquier otra cosa, es lo más íntimo. Se podría decir a quien tuviera alguna cosa por más que el Ser. Eso que quieres morirá. Se debería meditar sólo en el Ser como lo amado. Para aquel que medita sólo en el Ser como lo amado las demás cosas queridas no son mortales[2].
No obstante, Es importante llegar a comprender que la tenencia del Ser como lo más íntimo no supone, de ninguna de las maneras, la renuncia a la propia voluntad, sino que es al contrario. Todos formamos parte del Ser, por lo que el camino hacia la realización del Ser es la realización particular de las personas y las cosas que lo forman, no la destrucción sistemática de las piezas para obsequiar a vagos y maleantes con regalos que ni siquiera merecen, porque no son capaces de entender el camino hacia el Ser.
El hombre, pues, es el camino de la perfección, que supone la autorealización de la personalidad hasta el mayor nivel de perfección posible, sin limitar el camino como consecuencia de reglas irracionales impuestas por peronas que, colocadas en posición de poder religioso o moral, exigen a ciertos hombres sacrificios irreconciliables con el camino mismo de la perfección, para llevar a los que ni siquiera pretenden buscar el Ser a un paso más cómodo.
Lo que sucede entonces es que le hombre no cree en el Ser porque no cree en si mismo, porque ha perdido la fe en su propia esperanza, dado que su esperanza está en manos de unas personas que determinan su voluntad sin contar con su consentimiento y que acaban incumpliendo las verdaderas obligaciones que tienen entregando a los hombres menos nobles y menos preparados todas las oportunidades sobre los que, al final, deberían ser la base del camino.
